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Óscar Tusquets Blanca relata en primera persona, en

el libro

Dalí y otros amigos,

cómo consiguieron salvar

el proyecto: “En nuestra tienda de la Via Augusta

montábamos escaparates –digo montábamos porque

era así, todo lo hacíamos nosotros personalmente– de

lo más pintorescos: con un waterbed que perdía agua,

una colcha de ganchillo de la abuela de Mireia, un

perro disecado. (...)

Con este planteamiento no es de extrañar que no

hiciésemos mucho dinero y que en unos meses la

inversión económica de Oriol que debía compensar

nuestra dedicación se fuese agotando. Una noche nos

reunimos para cenar en un privado del restaurante

Via Veneto para comentar la cuestión. Puede extrañar

que teniendo problemas económicos quedásemos en

un sitio tan elegante y tan caro, pero entonces Oriol

también era propietario de aquel restaurante, el más

pijo de la ciudad. (...) Allí nos reunimos aquella no-

che Oriol, que tenía el cincuenta por ciento de las ac-

ciones de Bocaccio Design, y los cinco currantes, que

teníamos un diez cada uno. Nosotros reconocimos

que no lo estábamos haciendo muy bien, que la em-

presa perdía dinero, que se habían agotado los fondos,

que estábamos muy presionados por los acreedores y

que no había otro remedio que hacer un aumento de

capital. Oriol, con la desenvoltura que siempre le ha

caracterizado, nos contestó que no podía aportar más

dinero, que lo que debíamos en Bocaccio Design era

absolutamente ridículo en comparación con lo que

aquel restaurante donde estábamos cenando debía

sólo al carnicero, que la verdad era que no veía futuro

a nuestro proyecto..., y que lo mejor sería dejarlo

correr; desde luego él estaba absolutamente dispuesto

a vendernos su cincuenta por ciento por exactamente

la misma cantidad que había ingresado. Tras el jarro

de agua fría, mientras esperábamos los cafés, Pep y yo

nos refugiamos en los lavabos (cuántas cosas decisivas

suceden en los lavabos públicos, casi tantas como en

las cocinas durante las fiestas privadas). Allí, en ca-

liente -aunque estábamos helados-, frente a nuestros

urinarios decidimos aceptar la oferta; sacar el dinero

de donde fuese, de nuestros amigos, y comprar las

acciones de Oriol. (...)

Cuando volvimos a la mesa lo propusimos a todos los

implicados: no consigo explicarme cómo, todos acep-

taron (en vista del espectacular éxito posterior de BD

tal decisión puede parecer razonable hoy, pero enton-

ces era temerariamente voluntarista). Así lo hicimos:

invitamos a comprar acciones a algunos amigos, tan

temerarios como nosotros, y convecimos a Xavier

Carulla -un aparejador que durante sus estudios de

Arquitectura había trabajado varios años con nosotros

en Studio Per y en el que teníamos muchísima con-

fianza como organizador- para que se viniese como

director general...

Y conseguimos salvar el proyecto.”

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