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artini, todo un mundo. Además de
ser la bebida más conocida, prefe-
rida y valorada a la hora de tomar
un Vermouth, Martini es un estado
de ánimo, un lugar en la conciencia
colectiva, un momento de relax. Pero primero, y antes
que todo, Martini fue una persona: Alessandro Martini
(Florencia, 1812-1905). Había nacido un intrépido
empresario, que a la temprana edad de 14 años (con
una familia demasiado pobre para que él pudiera
estudiar) comenzó su carrera trabajando en el puesto
más humilde en una fábrica de destilería. Se forjó el
hombre que fue, y aprendió todo lo necesario para
llegar hasta donde se propuso. Tenemos que remon-
tarnos al año 1863 (Pessione, región del Piamonte,
norte de Italia) para introducirnos en el momento en
que su carrera explosionó hacia el éxito. Junto con
un maestro artesano llamado Luigi Rossi, compran la
“Distelleria National di Spirito di Vino”, en Turín, y
añadiendo un tercer socio, Teófilo Sola (como direc-
tor financiero) fundan la casa Martini & Rossi. Eran
unos visionarios y soñaban con una bebida única que
representara la belleza y el estilo de vida que ellos
sentían como ideal, es decir, una Italia cosmopolita,
sofisticada y elegante. Y para ello quisieron marcar la
diferencia en una época en la que los vermuts eran
muy amargos, creando el Vermouth Martini Rosso,
el emblema de la casa a día de hoy, una bebida suave
y con ese aroma y sabor tan característicos que hasta
hoy nos ha llegado generación tras generación.
Alessando Martini se encargó de promocionar la marca
y la llevó por más de 43 países del mundo, en una épo-
ca donde el medio de transporte era el barco de vapor,
el tren y los carros de caballo, es decir, una tarea casi
tan artesanal como su propia elaboración. La compañía
también participó en grandes exposiciones internacio-
nales cosechando grandes éxitos: en 1912 ya contaba
con 13 Grandes Premios y 40 medallas de oro.
Unos años después, en el año 1893, Martini introdu-
jo en Barcelona aquel milagro hecho bebida, siendo
éste el primer licor de semejantes características que se
pudo degustar en España.
Y en 1901 Flaminio Mezzalama (gerente de Martini &
Rossi, considerado el padre del turismo gastronómico)
montó un pequeño bar en la Calle Escudellers, había
nacido el “Petit Torino”. Debido a su enorme éxito,
al año siguiente abrió el legendario Café Torino, en el
número 18 del Paseo de Gracia, una obra maestra del
modernismo barcelonés donde participaron Antoni
Gaudí, Pere Falqués y Josep Puig, sus máximos expo-
nentes. El lugar se convirtió en indispensable, tanto
para turistas como para la alta burguesía catalana, y era
conocido como el “Palacio del Vermouth”. En el 1903,
debido a su espectacularidad, recibió un premio otor-
gado por el Ayuntamiento de Barcelona, que distinguía
los mejores comercios y edificios urbanos de la época.
En 1960 se inauguró la Terraza Martini, en la última
planta del antiguo Banco Rural, en el número 16 del
Paseo de Gracia, con 806 metros cuadrados de su-
perficie y 185 de terraza; no es difícil imaginar aquel
lugar de encuentro en una de las arterias principales
de Barcelona, como el must de la la Ciudad Condal.
La fórmula (mágica podríamos llamarla, y guardada
bajo llave en una caja fuerte de Ginebra) es un sólido
binomio de 150 artesanales años, y la mezcla de 40
plantas silvestres, aromáticas, frutos, raíces, especias
y maderas de todos los continentes. Una amalgama
elaborada sin aplicar ningún tipo de presión en su ela-
boración, ni tampoco calor, y con un orden preciso a
la hora de mezclarse, al que se añade después alcohol
natural, un poco de azúcar, y reposo (“Il Riposso”),
como los buenos vinos. La operación más compleja es
capturar los sabores, aromas y texturas de los dife-
rentes ingredientes, para conseguir ese sabor único y
característico. Para ello se utiliza el “Tamburo”, un
recipiente que gira solamente dos vueltas al día, el
método conocido como “Macerato a la girata lenta”.
Todo un proceso tratado con mucho mimo.
MARTINI
La Dolce Vita
por: Elio Colen Mirete




